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Opinión

De las verduras de la huerta y la administración publica

Nota de opinión por Federico Vasches, miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

Versa una canción que hace un tiempo se ha vuelto nuevamente popular, algo así como “tarda en llegar, y al final, al final. Hay recompensa”. Y con esta frase reiterándose en mi cabeza, fue que este fin de semana (y luego de casi un año en tierra), cosechamos una zanahoria de un tamaño más que interesante.

Si bien fue una alegría para todos, el poder encontrar esa hortaliza debajo de la tierra y poder comerla, fue mayor la satisfacción de poder demostrar a nuestros hijos, eso que muchas veces los padres (incluso en el desafío de deber practicarlo primero), les decimos: tengan paciencia que ya va a salir.

Y ahí en ese momento de sorpresa y entusiasmo de los niños, todas esas horas y litros de agua, el sol que recorre el patio, los cuidados de los pelotazos y el evitar que la huerta se convierta en el baño de las mascotas (y demás gatos del barrio), cobran sentido y se convierte en alimento / realidad.

Ahora bien esta situación que pareciera meramente doméstica y del despunte de un pasatiempo familiar, bien puede ser extendida al universo de lo público y de la administración pública en particular.

A continuación, algunas sugerencias para comprender por dónde transcurre el asunto:

  • Tanto en lo que hace a la huerta (cuando se planta una semilla), como en la administración pública (en particular cuando se propone a modificar algún procedimiento), no siempre es necesario ver las cosas porque “tardan en llegar”, pero lo que sí es seguro es que es necesario creer en ellas
  • En la huerta creemos en el ciclo natural de la vida, de las plantas que con agua, luz solar, cuidado y tierra en condiciones crecen; mientras que en la administración pública es todo un poco más complejo, y no es ni tan lineal, ni tan nítido
  • Uno de los puntos de discusión se da entre los jardineros y los especialistas, y sus campos de acción. Ya que en lo que hace a la jardinería, nadie cuestiona las diferentes técnicas y conocimientos, incluso pudiendo observar a las claras el crecimiento de los árboles o verduras; en tanto que para avanzar con las reformas de la administración pública siempre se da el conflicto entre los empleados (que saben y conocen por hacer), y los especialistas (que saben por haber estudiado y teorizado)
  • En lo público los empleados se sienten atacados, incluso que se avanza sobre su espacio, mientras que en la huerta, hay algo menos de desconfianza y cuando se pide opinión al que sabe, se cumple al pie de la letra lo indicado

El desafío entonces, es comprender que la huerta sólo tiene implicancias en lo doméstico, con lo cual si no llega a funcionar como tal, el único inconveniente es que tal o cual verdura no crezca o que un frutal este año no de; pero todo pareciera complejizarse cuando el objeto en cuestión es la administración pública. Ya que cualquier intento de modificación de estructuras, procesos y procedimientos, repercute en las organizaciones que deberían permitir y posibilitar el cumplir con las políticas públicas y fines propuestos.

Lo relevante en todo esto es resaltar que si bien hay estaciones del año, particulares para sembrar y cosechar lo que más nos gusta comer, siempre es tiempo de sembrar y cosechar. Que entonces la mejora de las administraciones públicas, el recomprometer a los funcionarios y políticos con el servicios público y con la ciudadanía; no debe circunscribirse a un momento del año ni a un apuro electoral, sino que todo lo contrario las mejoras, deben ser paulatinas, sostenidas y constantes.

Federico Vasches.
Miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

Opinión

Del ciclo de la vida y el de las políticas públicas

Nota de opinión por Federico Vasches, miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

El otro día me tocó despedir a un familiar, y si bien mi abuela había vivido su vida (con sus altas y bajas, pero hasta los 88 años), no es menos cierto que nos cuesta despedir a los familiares; aunque esté previsto que así sea y contra el ciclo natural de la vida, nada podamos hacer.

Sentí que como adulto, tendía a quedarme atascado en el materialismo inútil y en la posesión estéril (esa que valora el estar, por sobre el haber pasado, un exceso de presente con ciertas reminiscencias de recuerdos y fragmentos de historia, felices), y que frente a ello, la expresión fresca de los niños (sus bisnietos), afloraba cálida y sin pesar.

Nuevamente mis hijos me daban una lección desde su más temprana infancia y sus reacciones lógicas y sin esfuerzo, me dejaron pensando en que si bien sabemos que hay muchas cosas que estén dispuestas que sean de una forma, nos choca de igual manera enfrentarlas; y por otro lado que quizá queramos creer que estén bien, otras, las cuáles sí dependen de nosotros y sobre las cuales debamos interiorizarnos un poco más.

Ahora bien esta situación que pareciera meramente de un suceso familiar, y de repensarnos frente a una pérdida, bien puede ser extendida al universo de lo público y del ciclo de vida de las políticas públicas, en particular.

A continuación, algunas sugerencias para comprender por dónde transcurre el asunto:

  • De alguna manera damos por conocido el ciclo natural de la vida, y aunque nos cueste asumirlo, todos lo habremos de transcurrir de peor o mejor, manera. Para el caso del ciclo de las políticas públicas, casi nadie pareciera reconocerlo, ya que tendemos a advertirlas, únicamente cuando éstas nos alcanzan.
  • SI bien en muchas ocasiones, nos pesa demás, en la vida naturalizamos algunos sucesos, cosas, circunstancias. En las políticas públicas sucede algo similar.
  • Cuando algo en nuestras vidas, no anda bien, una de las mejores excusas es decir que es por designio divino, algo cercano podría darse en las políticas públicas, ya que la responsabilidad sobre su correcta o incompleta ejecución, pareciera no caberle a nadie
  • Nadie ha decidió por su cuenta o voluntad, nacer; pero sí hay quienes han decidido por nosotros traernos (nuestros padres y madres), y desde ese momento la responsabilidad de nuestros primeros pasos, es de ellos. Con las políticas públicas sucede algo similar, ya que han sido pensadas, propuestas e implementadas por algún decisor público, el cual tiende a ser anónimo y al cual pareciera que (en muy pocas ocasiones), le cabría responsabilidad alguna.
  • Si bien en un primer momento la responsabilidad por nuestros actos es de nuestros padres, ésta se va achicando con el transcurrir del tiempo, ya que al crecer somos nosotros de quienes dependen las cosas y sobre quienes deben caer los cuestionamientos. Mientras que en las políticas públicas, la responsabilidad sigue siendo completa en los decisores públicos, aunque mengua según las jerarquías.
  • En la vida uno puede conformarse con no llegar al resultado en la medida que haya dado lo mejor de sí y no haya tomado ni atajos indebidos ni haya destratado a nadie para lograrlo. Esto mismo es más complejo en las políticas públicas, ya que el decisor público debe alcanzar el resultado y bajo ningún punto de vista puede mal hacer algunas cosas para lograrlo.

El desafío entonces es hacer como los niños, (sin sorpresa, ni pesar), no buscar culpables en hechos sin remedio, sino aceptando lo acontecido, proponer nuevas y mejores formas de enfrentarlo.

Es que la novedad y sencillez con que los niños enfrentan la muerte (en tanto parte del ciclo de la vida), debería ser tomado en cuenta, por aquellos que deben velar por el desarrollo del ciclo de las políticas públicas.

Caso contrario, seguiremos estando en presencia de quienes dicen que pretenden hacer una cosa, la cual la elaboraron entre gallos y media noche, y luego cuando a la primera de cambio no les sale (según su parecer), entran en un espantoso shock que únicamente se estanca en un diagnóstico recortado y empeora la situación de la que parte.

Federico Vasches.
Miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

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Opinión

De las artes espirituales y los técnicos de la administración publica

Nota de opinión por Federico Vasches, miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

El otro día dejé el auto estacionado en el centro de la ciudad, para realizar unos trámites y a mi regreso me encontré con un simpático papelito que ofrecía los servicios de ayuda espiritual de una señora con notoria trayectoria.

En el folleto, hacían mención de los dotes de la señora la cual ofrecía brujería para resolver algunos asuntos que nos preocuparan o nos tuvieran trabados; adivinación para comprender esas cosas que sin saber qué eran nos tenían detenidos y clarividencia para advertir o percibir cualquier trabajo que tuviéramos hecho en nuestra contra o situaciones y amarras emocionales que nos ataran.

Debo reconocer que si bien me pareció simpático, algo me intrigó, porque si acaso habría una manera de conocer qué es lo que nos depara el destino, ¿estaría del todo mal tomar ese atajo y saber con antelación dónde y frente a qué circunstancias nos encontraremos?

Ahora bien esta situación que pareciera meramente de las creencias personales y únicamente para curiosos y crédulos, bien puede ser extendida al universo de lo público y de los técnicos y conocedores de la administración pública, en particular.

A continuación, algunas sugerencias para comprender por dónde transcurre el asunto:

  • Cuando acudimos al uso de las artes espirituales buscamos dar respuesta a algo que pretendemos conocer, y sobre lo cual no disponemos de otra manera de hacerlo. Algo similar sucede con los políticos / decisores públicos que (en un acto de grandeza manifiesta), entienden que sobre algún tema en particular no son del todo conocedores y acuden al consejo y ayuda de los técnicos
  • Tanto la adivina en su disciplina, como el técnico en la administración pública, saben. Bien pueden conocer por experiencia, por estudio, por facilidad. Saben y existen, los conocemos y perfectamente los podemos identificar y en caso de requerirlos, acudir a ellos.
  • Aun en prescindencia de ellos, se pueden hacer las cosas. Por un lado vivir una vida y fortalecerse y afrontar de la mejor manera las cosas que de sorpresa, se sucedan; y por el otro, el riesgo es que las políticas públicas (sin participación y escrutinio de los técnicos), pueden disociarse de la realidad
  • Con uno (la adivinación), se busca conocer el futuro de un individuo, con otro (la participación de los técnicos) el impacto posible de una política pública que afecta a las personas

El desafío entonces es comprender que no se trata de tener razón, de buscar culpables o de encontrarse penando frente a una situación (para algunos), previsible; por el contrario lo que se debe es de disponer de los mejores recursos en pos de hacer frente a eso que se vendrá. Escuchar a quienes hay que hacerlo y considerar de otras disciplinas y de quienes saben, conocen, han experimentado y advierten, qué indicadores o situaciones se repiten en nuestra historia, que como la administración pública, pareciera (innegable, innecesaria y dolorosamente), repetirse sin remedio.

Federico Vasches.
Miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

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Opinión

Del desafío del búho y la templanza para lo publico

Nota de opinión por Federico Vasches, miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

Hace tiempo que me encuentro buscando nuevas manera (como padre), de pasar de la mejor manera ese breve momento en que los pequeños entran en berrinche por algo que quieren. Entonces y con mi pequeña, me ha funcionado llamar su atención abriendo grande mis ojos y pidiéndole que me mire detenidamente, para jugar al desafío del búho y quien pestañee primero, pierde.

En ese momento entendemos que lo que importa es jugar, mirarnos fijamente sin decir nada, quizá sonreírnos un momento cómplices, sin que nada más que el otro, nos importe.

Ahora bien esta situación que pareciera meramente doméstica y de herramientas de crianza de padres modernos, bien puede ser extendida al universo de lo público y de los requisitos para permanecer en ella, en particular.

A continuación, algunas sugerencias para comprender algo más de este fenómeno:

  • En el desafío del búho no se debe pestañear, ni reír sólo aguantar, algo similar sucede en lo público donde lo que se pretende es que siempre se guarde la distancia, la impersonalidad, pero con buen atención y calidez
  • Hay momentos en el mundo de lo público, en que pareciera que únicamente se pondera el ritual y donde entonces el juego (eso de ser y hacer que se es), tendería a desaparecer
  • El desafío más grande en lo público, eso que no es parte de las reglas pero si del arte de la administración, es mantenerse, resistir, resistirse, resistirnos. Requiere que desarrollemos una capacidad de abstracción y de comprender que en cada momento hay algo lindo, algo para aprender
  • Ambos lugares (el desafío y lo público), tienen una lógica propia. Sólo con sentido para quienes intervienen, tanto para el padre con su hijo que juegan a mantener la mirada como para el empleado con su jefe, haciendo un esfuerzo por resistir
  • Tienen premio, el juego favorece al amor con el hijo, el resistir da seguridad en el trabajo. Uno aporta en lo familiar, el otro es un paliativo en lo laboral
  • El momento justo que se detiene eterno frente a nuestros hijos, hacemos un esfuerzo por no sonreírnos y romper las reglas del juego por besarlos; mientras que en la conversación de lo público, el esfuerzo es por resistir al sinsentido, la desidia del poder sin lógica, del ejercicio de una jefatura vacía de razón, y que sólo contribuye al agotamiento, enfado y denigración /devaluación del trámite
  • Quizá la diferencia más sustancial es que el juego con los hijos se disfruta y el límite se lo pone uno fuera del juego, en la vida. Mientras que en lo público uno debe ser templado para resistir el ritmo del trabajo y del trámite en nombre del bien común, pero debe poner el límite a los participantes que lo componen, ahí mismo y con los medios de que disponga. Claramente la vida transcurre por otro carril.

El desafío entonces, es comprender que el juego con los hijos, aporta valor tanto dentro de la familia, como para la sociedad, ya que nos vincula con los niños y les da la pauta de que siempre hay una manera distinta pero simpática para resolver y criar a los pequeños.

Ahora bien, en lo público, en eso de resistir lo grave no sólo es cuando el límite se haya cruzado y la reacción sea desmedida e incontrolable, sino que esta situación de desgaste genera y nos arrincona en una desidia constante la que nos expulsa y nos arrebata cualquier tipo de deseo de general algo nuevo, mejorar lo existente, incluso: de hacer.

Federico Vasches.
Miembro del Observatorio de Políticas Públicas y Sociales de Río Negro e Integrante de Unidad Ciudadana.

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