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Opinión

El combustible de la grieta generacional

Nota de opinión por Daniel Montoya, Analista Político y Consultor Estratégico y Pablo Díaz, Consultor en Comunicación Política.

“Desde el estallido de la crisis financiera mundial en 2008, el crecimiento de la productividad en las economías avanzadas, Estados Unidos, Europa y Japón, ha sido muy lento, tanto en términos absolutos como en relación a las décadas anteriores” define el economista Nouriel Roubini en un reciente artículo publicado en Project Syndicate. No la compliquemos demasiado. Toda la parafernalia promocionada con fuerza desde el Silicon Valley y otros centros tecnológicos globales, fue mucho ruido y pocas nueces. En el bolsillo, “la víscera más sensible de todas”, Perón dixit, no impactó demasiado. No lo hizo ni de cerca con el impacto que, en su momento, tuvieron la electricidad, el saneamiento del agua o los antibióticos. Ello genera enormes consecuencias en el plano político. Este es, de cierta manera, el combustible material que alimenta la grieta o la polarización generacional.

En particular, la evidencia mencionada por Roubini, derriba de plano la certeza propalada por muchos militantes 4.0, 5G, de que el mundo cambió, fundamentalmente, a partir de la revolución producida por los avances en la ciencia y la técnica del último cuarto de siglo. Asimismo, de que la informática personal, internet, las telecomunicaciones, la digitalización de casi todo lo que puede ser digitalizado, hasta los seres humanos incluso, produjo un lógico y consecuente cambio económico y social. Por el contrario, si hay algo que vemos hoy nítidamente en el plano político electoral, son tres subconjuntos generacionales, que manifiestan actitudes marcadas por esa experiencia mundana radicalmente diferente. Uno determinado por las certezas sobre el porvenir versus otro signado por la incertidumbre o, más bien, la certeza de que hoy será peor que ayer, pero mejor que mañana, La Mosca dixit.

En primer término, los baby boomers, o adultos mayores analógicos, viven hoy un mundo muy diferente al que vivieron en su juventud y adultez productiva. La mayoría de ellos formados intelectual y laboralmente en una escuela cuyo nivel secundario, les garantizó el acceso a un trabajo que, en su inmensa mayoría, mantuvieron durante toda su vida laboral. Estos representan aproximadamente el 20% del padrón electoral. Por otro lado, los GenX, adultos, inmigrantes digitales en la inmensa mayoría, somos los que vivimos el cambio del mundo en tiempo real. Nacimos en aquel momento de predominio de la era industrial y vimos nacer las .com. Asimismo, presenciamos por TV color y en directo la caída del muro de Berlín y vimos como cambiaban los países del mapa planisferio que nos enseñaron en la escuela primaria. De igual manera, nos enloquecimos cuando llegaron las computadoras a nuestras casas y los celulares a nuestras manos.

Nacidos en los 60’s o 70’s, descubrimos que con la secundaria ya no alcanzaba para conseguir un empleo que requiere de habilidades más específicas, y cuyo mantenimiento a largo plazo ya no está garantizado. Estos representamos aproximadamente el 30% del padrón electoral. Por último, los millennials y centennials, jóvenes, nativos digitales todos, son los que nacieron con todo este proceso de cambios avanzado y crecieron y se formaron en y con ellos. Nacieron y se formaron sobre las ruinas de un tiempo que saben que no satisfará sus necesidades y en la incertidumbre respecto a lo que les deparará el futuro. Estos representan aproximadamente el restante 50% del padrón electoral.

Hasta nuestros padres, baby boomers, el futuro se presentó esperanzador y promisorio. Y de hecho nos entregaron a los GenX, un mundo mejor que el que habíamos recibido de nuestros abuelos. Pero con nuestra generación nace la incertidumbre respecto al futuro, que se convierte en escepticismo en nuestros hijos. De allí, de no saber que pasará mañana, es que vivimos el presente con tanto ahínco. Los que recordamos aquel pasado de tranquilidad, felicidad y pleno empleo que disfrutamos de chicos, vivimos este presente con nostalgia y angustia. Y nuestros hijos, que no conocieron ningún tiempo mejor a la angustia, le suman bronca. Y de allí, muchos de ellos adquieren posiciones reaccionarias o marginales. Así se divide social y electoralmente el mundo hoy, con los más grandes añorando el pasado, conservadores, y los mas jóvenes exigiendo un futuro distinto y mejor, progresistas.

Vamos al caso por caso. Estados Unidos 2016. Hillary 56% vs Trump 35% entre los votantes de 18 a 24 años. Trump 53% vs Hillary 44% entre los votantes de 45 a 64 años. Ello no siempre fue así. Hasta hace pocos años, elecciones 2008, esa relación fue de 68% a 32% a favor de los demócratas para el grupo de votantes de entre 18 a 24 años, pero para el grupo de 45 a 64 años, fue pareja. 49% para cada uno. Mano a mano. ¿Reino Unido? Elecciones generales 2017. 63% para los laboristas vs 23% para los conservadores en el subgrupo de votantes de 25 a 29 años. Y, como en Estados Unidos, 58% para los conservadores versus 27% para los laboristas en el subgrupo de votantes veteranos de 50 a 59 años. ¿Y, por casa como andamos? En sintonía con la grieta generacional de los países citados, Fernández 55% vs Macri 35% entre los votantes de 16 a 29 años. Macri 56% vs Fernández 36% en la franja de votantes de 50 a 64 años.

En conclusión, la principal definición es que la política no debería ubicar en el plano espacial, izquierda y derecha, un problema que pertenece al orden temporal. En tal sentido, previsibilidad y certeza en una era de incertidumbre, emergen como dos ejes fundamentales de la acción política. Ello tiene poco que ver con los tradicionales debates ideológicos que copan el prime time de los medios. En particular, respecto a discusiones como tamaño del Estado, políticas de género, aborto y consumo de drogas. En tal aspecto, se trata de que la política se fugue del eterno presente en que vive y recupere su vital dimensión estratégica, hoy ausente en el debate público. Ojo, no pedimos que la dirigencia política grite a los cuatro vientos “vamos a poner un hombre en la luna dentro de 30 años”, pero sí que empiece por explicitar los ejes mínimos de un plan de desarrollo o, al menos, de salida de una recesión que ya alcanza una década.

Daniel Montoya, Analista Político y Consultor Estratégico y Pablo Díaz, Consultor en Comunicación Política.

Opinión

La vacuna somos todos y todas

Nota de opinión por Ramón Chiocconi, legislador provincial del Frente de Todos.

En un libro que leí hace no mucho que versaba sobre el trabajo, su autor Enrique Martínez, respondía de una manera que me pareció original a la pregunta ¿por qué hay que trabajar? Probablemente la mayoría respondería: para ganarse la vida. Martínez proponía otra respuesta: “hay que trabajar porque la calidad de vida de una comunidad es en función de la capacidad que tenga el conjunto y cada uno de sus integrantes para transformar la naturaleza, para producir bienes que hagan más placentera la existencia.”

Martínez piensa y responde así porque se reconoce como integrante de una sociedad amplia, compleja y diversa, que necesita del esfuerzo de todos, y no como un individuo aislado que depende solo y exclusivamente de su meritocrático esfuerzo, para lograr un determinado nivel de vida.

El libro, aclaro, no está editado en estos tiempos urgentes. Fue parido en otro tiempo difícil, cuando la sociedad argentina bregaba por salir de la dolorosa crisis que estalló en diciembre del 2001.

Estos días me obligaron a releer ese libro y reconocer que esa reflexión, que en otro tiempo me pareció rupturista y luminosa, casi a contrapelo del pensamiento “común”, hoy podría parecer una obviedad. En estos días difíciles que estamos viviendo -y cuya causa y origen nos es ajeno- nos obliga a pensarnos como una partecita de un todo.

Esta situación extraordinaria nos enseña a valorar oficios, ocupaciones y profesiones que existían pero eran casi “invisibles” -o como mínimo poco valoradas en tiempos de calma- y hoy reconocemos esenciales: los recolectores de residuos domiciliarios, trabajadores de la salud (encargados de la limpieza, administrativos, enfermeros, médicos, y otros), los cajeros de los supermercados, de los almacenes, mercaditos y verdulerías de barrio, choferes de colectivos urbanos y de camiones de larga distancia. Y tantos otros que conviven con nosotros y que cada uno sabrá reconocer y agradecer en su cotidianeidad.

Esta pandemia nos iguala ante la posibilidad de la enfermedad y la tragedia. Digo esto sabiendo que la cuarentena no es igual para todos: es diferente para un asalariado que para un artesano, ni para quien vive en un barrio residencial comparado con quien habita con su familia en una pequeña casilla en un barrio carente de servicios. Las imágenes y los testimonios de trabajadores de hospitales de Milán, Bergamo o Madrid nos muestran un escenario posible en nuestro futuro próximo sino mantenemos la guardia alta.

Los barilochenses sabemos de duras batallas. Peleamos fuerte todos juntos contra el hantavirus en el 95 y contra la ceniza en el 2011. Esta vez también podemos. No importa quién está enfrente si somos capaces de reconocernos iguales.

Ojalá logremos aprender, de una vez y para siempre, que nadie se salva solo. No hay lugar para la grieta. Esta vez no podemos estar separados. Debemos mantenernos unidos en la distancia. Unidos en la diversidad. El coronavirus llegó para quedarse y es hora que la grieta desaparezca.

Mientras que los científicos de todo el mundo están trabajando para diseñar la vacuna que nos vuelva inmunes al Coronavirus, es momento de recuperar como sociedad la ética de la solidaridad. Hoy más que nunca, los ciudadanos debemos reconocernos como integrantes de algo más grande que nosotros mismos. Hoy, la vacuna somos todos.

Ramón Chiocconi.
Legislador provincial del Frente de Todos.

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Opinión

Coronavirus: Una moneda con dos caras

Nota de opinión por Pablo Gustavo Díaz, consultor político.

Si el dilema es la economía o la vida, yo elijo la vida. Una economía que se cae se levanta, pero una vida que se pierde no se recupera más“, dijo el presidente Alberto Fernández en su último discurso televisado por la crisis pandémica del Coronavirus.

Al fin un presidente que se preocupa por la gente y no por los mercados”, estallaron los aplausos en la tribuna digital neoalbertista.

La retórica es la técnica discursiva mas poderosa que tiene la política para persuadir a las masas. Y Alberto es un gran retórico. Con un conocimiento y dominio del ethos, el pathos y el logos como pocos. Incluso mejor que el de su propia madrina. Y ese discurso, en mi humilde nivel de conocimiento narrativo, tuvo todo lo que tiene que tener un gran discurso… de campaña.

Voy a ensayar la improvisación del discurso de mañana”, decía otro espléndido orador llamado Winston Churchill.

Como todo gran discurso, el pronunciado el 29 de marzo, no tuvo nada de improvisación. Ni siquiera la presencia del agraciado jefe de gabinete, en remera deportiva, sentado a su lado para el deleite de les twitteres femenines. Por el contrario, todo estuvo fríamente calculado y las palabras usadas perfectamente elegidas.

Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo“, escribió José Ortega y Gasset en su ensayo Meditaciones del Quijote de 1914.

Entre las circunstancias que motivaron la narrativa del discurso presidencial encuentro en el gran miedo a la muerte, la gran adhesión a la cuarentena como profilaxis, y la altísima imagen positiva personal y aprobación de gestión presidencial (datos manifestados por la sociedad en la mayoría de las encuestas de opinión pública que se han hecho estos días) sumado a la oportunidad histórica que se le presentaba al animal político intrínseco en el presidente para posicionarse como el líder indiscutido del país, las más importantes. 

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Las gráficas ilustrativas de mi argumentación anterior corresponden a encuestas hechas por mi consultora rionegrina y otras destacadas consultoras nacionales, en los últimos días.

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Nada es casual en política. Todo es causal. Y estas causas eran lo suficientemente importantes y significativas como para desatenderlas y desaprovecharlas… pero… (si, siempre encontramos un ‘pero’ los librepensadores y escépticos investigadores de la cosa pública, solo para molestar a los alcahuetes fanáticos del “si jefesismo”)… el respeto a la enfermedad es una de las caras de esta moneda llamada coronavirus. La otra cara es la vida misma, la cotidiana, las cosas que hacemos por deber o placer los seres humanos para satisfacer nuestras necesidades. Como por ejemplo trabajar para comer.

Cuando al principio de esta nota dije que este ultimo discurso de Alberto Fernández era una gran pieza narrativa de campaña, me refería a que para mi no fue el mensaje de un estadista que le hablara a todo el pueblo argentino. Le habló a los propios y a los convencidos. Le habló a los que solo ven uno de los lados de la moneda. No les habló a los que ven o están en el otro.

I have nothing to otferbut blood, toil, tears and sweat” (“Nada puedo ofrecer aparte de sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”), pronunció Winston Churchill ante la Cámara de los Comunes, al asumir el cargo de primer ministro británico el 13 de mayo de 1940.

Esa (aunque no suya, ya expliqué las razones anteriormente) es la frase de un estadísta que sabe que no pudiendo conformar a todos los iguala en el sacrificio.

A pesar de que grandes extensiones de Europa y muchos Estados antiguos y famosos han caído o pueden caer en las garras de la Gestapo y todo el aparato odioso del gobierno Nazi, no vamos a languidecer o fallar. Llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas, y ¡nunca, nunca, nunca, nunca, pero nunca, nos rendiremos!

Las bombas caían para todos en aquella Londres de 1940. Y las muertes en el campo de batalla en el continente europeo no distinguían edad, ni raza, ni condición social.

Uso este paralelismo con la guerra porque fue el propio presidente Alberto Fernández el que nos habló de “librar la batalla contra este enemigo invisible que es virus”. Pero en esta batalla, no toda la gente ni toda la tropa es igual. Hay algunos menos iguales que otros. Por lo menos así lo manifiestan muchos argentinos en las encuestas y en los foros de internet que consultamos los investigadores sociales.

Hay quienes tienen un salario asegurado y pase lo que pase, hagan lo que hagan, a fin de mes recibirán su depósito bancario. Hay quienes reciben asistencia económica del estado y además en este caso excepcional la misma ha sido incrementada. Y hay quienes no tienen salarios ni reciben nada.

Esos excluidos del sistema de reparto de ayudas estatal son los autónomos, monotributistas clase ‘C’ en adelante, emprendedores, pequeños empresarios industriales, comerciantes, cuentapropistas, con tanta vocación y derecho de hacer la misma cuarentena que el resto de sus convecinos, pero les cuesta más que a ellos por no tener asegurado su futuro como los demás.

Son mayoritariamente gente que vive al día, que no posee ahorros económicos, sostenes de hogar/familia, con empleados (informales o con altas deudas impositivas patronales), altamente endeudados con proveedores, bancos o usureros financistas de los que no mandan carta documento para intimar sus cobros.

Son gente que no discuten la medida de cuarentena dispuesta. Pero que exige igual condiciones que el resto para cumplirlas.

Son gente con muchas problemas económicos y que no llegan al 13 de abril, ni mucho menos a fines de mayo o junio, como puede verse en estas gráficas de encuestas realizadas por mi consultora rionegrina y otras importantes consultoras nacionales.

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Es gente que, auscultándola un poquito nomás, descubrimos que formó parte de los cacerolazos del 19 y 20 de diciembre de 2001 que terminaron con el gobierno de Fernando De la Rúa. Qué no forman parte de la grieta fanática. Que votaron a Mauricio en el ballotage de 2015 y luego le retiraron su voto para dárselo a Alberto en 2019.

Es la curva al final de la recta que tendría que ver el gobierno, en esta aceleración a fondo que emprendió. La otra cara de la moneda del coronavirus.

Pablo Gustavo Díaz.
Consultor político.

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Opinión

La violencia institucional es un delito, aún en tiempos de pandemia

Nota de opinión por el Consejo Directivo Central de UnTER.

Como sociedad estamos viviendo una difícil e inédita situación que nos lleva a un aislamiento obligatorio. Entendemos que esta decisión política de quienes nos gobiernan, es para cuidarnos y protegernos de la pandemia que hoy atravesamos.

Entendemos que es parte de nuestra responsabilidad cumplir con las medidas de prevención, como también que se ha designado a las fuerzas de seguridad la tarea de llevar adelante los controles necesarios. Lo que no entendemos y repudiamos es la violencia, al momento de intentar controlar a los ciudadanos avasallando derechos. Mucho más cuando se ejerce por el Estado a través de sus fuerzas de seguridad.

La violencia institucional no es el camino. No es el punto de partida para hacer cumplir ninguna norma. Desde la UnTER repudiamos algunos hechos ocurridos en distintos puntos de la provincia que involucran a las fuerzas policiales. Es el caso de algunas familias de la comunidad educativa de la Escuela Primaria N° 50, de sección chacras de la ciudad de Cipolletti, quienes fueron detenidos por la policía federal acusados de no cumplir la cuarentena en el momento en que se dirigían a la escuela a buscar los módulos alimentarios que se entregaban durante la mañana.

Como CDC de UnTER reiteramos la exigencia al Ministerio de Educación y Derechos Humanos que deben ser los funcionarios del Estado quienes garanticen el abastecimiento de dichos módulos a las familias, llevándoselos a sus domicilios. No deben insistir en exponer a las familias a que salgan de sus casas para ir a buscar alimentos ni a los docentes para que abran las escuelas, no tienen en cuenta las distancias que los trabajadores de la educación deben recorrer ni las condiciones en las que lo hacen, muchas veces sin medios apropiados y además exponiéndolos a contagiarse del virus y transmitírselo a sus familias.

Le exigimos a la gobernadora de la provincia y por su intermedio a los demás funcionarios, que arbitren los medios para que no se sumen a este contexto social, complejo y desigual para muchas familias rionegrinas, situaciones violatorias de derechos hacia ningún ciudadano. Las disposiciones del Ministerio de Seguridad son muy claras, no se admitirá ningún tipo de exceso; por lo que entendemos que cada fuerza de seguridad debe cumplir la función que le corresponde para la atención y el cuidado de la población. No vamos a admitir una policía que utilice las armas en contra del pueblo. Son tiempos complejos, en los cuales es fundamental mantener el equilibrio, no olvidar nunca que vivimos en democracia y que nos rigen los principios constitucionales por sobre todas las eventualidades.

Consejo Directivo Central de UnTER.

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