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Opinión

Segunda parte: Antes que la memoria se nos pierda y que nos traicione, ¿otra escuela es posible?

Nota de opinión por Héctor Luis Roncallo, ex secretario general de UnTER y jubilado docente.

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“Es improbable que una ley determine por sí sola la orientación y calidad del desempeño docente en las aulas, aunque posiblemente influya en la práctica. 1”

Esta afirmación que no me pertenece, que tomo como título, sugiere que pensemos en cuánto y en cómo inciden las definiciones políticas legislativas y los propios textos que definen en lo macro y en lo micro las normas que regulan el trabajo docente, y todo ello en la cadena de definiciones que marcan la ley, el decreto, la resolución y las notas múltiples que pretenden fijar la “verdad” de lo que expresa la normativa dictada.

Más aún, podemos pensar en la incidencia en la tarea concreta, cuando a través de la interpretación que pretenden imponer por propio análisis que emana de la concesión de ser “autoridad”, como viene sucediendo a través de las diversas circulares de autoridades, que por el sólo hecho de serlo pretenden configurar la estructura del trabajo, sin tener en cuenta previamente la opinión y discusión del gremio docente. Todo esto marca la acción del trabajo docente y en la supuesta calidad educativa de la que se desprenden los logros políticos de los gobiernos de turno.

Una de las cuestiones más importante que sobresale en esta etapa de pandemia, es el Trabajo Docente. Al principio nos paralizó, ante semejante situación mundial e inédita; pero como siempre nos ocurre, desde el propio conocimiento pedagógico, de la inventiva de la que somos capaces, desde los marcos teóricos que se poseen y desde la práctica cotidiana empezaron a aparecer cuestiones que nos permitió a lxs docentes la conexión, la llegada, el abrazo a distancia producto de estas nuevas sensaciones, con medios extraordinarios que en algunos casos surgieron desde lo individual motivadxs por la necesidad de estar comunicadxs con sus estudiantes. Vale aclarar que las propias autoridades educativas estuvieron en silencio mucho tiempo hasta empezar a expresar sus verdades. Podría entenderse ya que a todxs nos tomó mal ubicados en el devenir histórico, pero lo que no se entiende es que continúe el silencio.

Cuando afirmo que hay silencio es que no se convoca al sector docente en todo el proceso, tratándose no sólo de cuestiones laborales, sino también de salud, y de aprendizajes. La definición de estrategias, de protocolos, de procedimientos, de evaluaciones no pueden ni deben ser impuestos y sí construirse colectivamente desde el mismo inicio del proceso y no en el último segundo del final. Al darse de esta manera no es democrático, es mentiroso y además no produce confianza en las acciones, sabor que suma a las ya existentes situaciones de desconfianza que nos están pasando. Se trata nada más ni nada menos de definir lo nuevo, ya que, ¿Qué significa la nueva normalidad?, en términos políticos, sociales, económicos y sanitarios.

De diversas maneras todxs estamos viviendo esa situación, lxs que fuimos, lxs que son, lxs padres/madres, lxs estudiantes, la sociedad entera, porque La Escuela, el sistema educativo se encuentra en todos los rincones. El trabajo docente, además la vida, el vivir, subsistir, son, entre otras, las cuestiones que aparecen como preguntas recurrentes.

A medida que va disminuyendo en pequeños matices el riesgo de la pandemia, crece notablemente la pregunta de ¿cuándo comienzan las clases?

No detallaré lo que cada unx vive, de las conversaciones y de lo que dicen lxs estudiantes, lxs docentes y la comunidad toda, más bien estoy intentando reflexionar y que reflexionemos sobre cómo será la Escuela que viene. Cómo podría ser esa “nueva normalidad”. No me cabe la menor duda que debe ser la escuela que mayoritariamente discutamos la organización gremial y la organización real de padres, madres y estudiantes, en el marco de convocatorias democráticas que deben hacer las autoridades y que además tienen la obligación de hacer.

Si queremos otra Escuela, debe ser así. Por eso mencionaba en el capítulo 1 de este análisis, la necesidad de mirar el funcionamiento de los Consejos Escolares y por supuesto el de las representaciones. Por mi forma de mirar el proceso educativo no lo puedo concebir sin reales procedimientos de participación que, hasta el momento, desde la aparición del proyecto de la actual Ley de Educación de Río Negro (2012), no se ha dado, mucho menos la elección y participación de la representación no docente. Para cambiar es necesario que se analice y se haga una lectura profunda de lo que planteo en el capítulo 1, respecto a este tema de los Consejos Escolares.

“La educación pública pertenece a la sociedad y es ésta en su conjunto la que marca sus funciones, su desarrollo, y su destino a través de los mecanismos de participación en distintos niveles”. Los mecanismos de participación están, pero no se cumplen ya que las representaciones, como dije en el capítulo anterior, no están, excepto la docente. Peor aún, las que están son puestas a dedo como es la representación de Padres en el Consejo Provincial de Educación. La participación real tiene la virtud de alcanzar estabilidad y equilibrio ya que los acuerdos reales satisfacen a las partes y las mismas se disponen a profundizar y ejecutar con seriedad lo alcanzado. Todo lo demás es imposición y sabemos de muchísimos fracasos cuando sucede esta definición política y en consecuencia una enorme decepción en los intentos de transformaciones educativas. Ejemplos sobran.

Esta experiencia, el ASPO, como las vivencias escolares la habitamos entre todxs, con la diferencia de que en esta oportunidad la casa se trasformó en la Escuela. Por eso insisto en la participación siendo ésta una característica que debe dar nota diferenciadora de la Escuela pública.

En contraposición a esta característica aparece la Resolución 2580/20 y sus anexos (uno y dos) que pretende orientar en forma contradictoria con los rezos de la no calificación, que se viene dando en todos los estamentos y conferencias. Aparece en la normativa citada, la definición disfrazada de “informes evaluativos de trayectorias escolares”. El sindicato es ignorado en estas cuestiones, error grave ya que la educación pública no es potestad exclusiva de los gobernantes.

No debemos olvidarnos que la Educación Pública es esencial para la democracia y por ello se deben respetar las opiniones que emanan de lxs trabajadores/as, en su organización sindical. Esta norma es un ejemplo claro de cómo se pretende modificar el trabajo docente. De nada vale, ante el egoísmo político existente en las autoridades gubernamentales por su propia esencia y desordenado error conceptual de “autoridad” y de “poder”, querer modificar lo que se debió haber pensado antes. Por ello insisto en la pregunta inicial de este ensayo ¿Otra Escuela es posible?

A la pregunta cada vez más frecuente de ¿Cuándo empiezan las clases?, nos debe apurar la necesidad de empezar a llenar de dudas todo el proceso que viene. Por ello planteaba en la primera parte la necesidad de revisar estructuras y hasta los propios Diseños Curriculares, no porque considere que estén mal, sino porque si la Escuela debe ser otra, esa revisión cae naturalmente como propia. Las decisiones sobre esos temas deberán ser parte de los acuerdos que deben darse.

Es por esta preocupación que el capítulo intenta merodear el concepto de Trabajo Docente.

Aporte para el debate desde una mirada de la Legislación Educativa

¿Qué es el trabajo Docente?, ¿Qué entendemos de cómo debe ser el funcionamiento del Trabajo
Docente?

Intento hacer una revisión de qué nos pasó con este concepto, en el marco de la jurisdicción en hitos históricos, en la construcción de esta provincia para encontrar notas que identifiquen nuestras preocupaciones, siempre pensando en la construcción educativa sólida para lograr aprendizajes significativos. Trataré de retomar escritos que he realizado en varias oportunidades, desde diferentes responsabilidades para llegar a este estado de situación, que, al decir de distintas autoridades, entraremos a “otra normalidad”. Sumaré el detalle de normativas específicas que formatean nuestra forma de trabajar y de ver las estructuras y modelos educativos, para analizar y proponer su mirada y re-ubicación en otra Escuela en la que necesariamente la pandemia nos obliga llegar y seguir durante un tiempo desconocido.

Este concepto, el de la “nueva normalidad” que por estas semanas se repite, me hace pensar, sin ubicarme en teorías específicas, en el pasaje de un mundo a otro, de un espacio a otro, observando que estamos en el paso de saltos cualitativos o quedarnos en la horizontalidad de la meseta alcanzada.

Considero que podemos encontrar nuevos sentidos a la tarea del Trabajo Docente al vincular la experiencia masiva, vivida en tiempos de pandemia con características inusuales. La masividad del problema, de las preocupaciones, del encuentro de actores diversos, los elementos diferentes de mediación, la nada, pero a pesar de esto existió algo que permitió mantener cercanamente la chispa que induce la Escuela. Entonces, creo, que todo esto nos lleva a pensar en relaciones que nos harán convivir entre lo que sabemos y el saber vivido en este espacio-tiempo y el saber de lo que vendrá.

Las propias autoridades del Ministerio de Nación y de Provincia, mencionan hoy, que no saben cuándo empezará la actividad propiamente dicha de como la conocemos y agregan que será una distinta normalidad. Aun cuando intentan establecer precisiones no queda claro en qué condiciones y cómo será esa vuelta. Las dudas se suman en función de las diferentes realidades.

“No volvamos a la normalidad, mejor comencemos de nuevo”

“Residente” (en su música en cuarentena) nos indica comenzar de nuevo, idea que mueve a pensar una nueva manera de ver la escuela, de ver el trabajo docente. Creo que esta comparación, este paralelismo que realizo en función de esta hermosa canción, que invita a darnos un beso, en esta etapa de pandemia, nos invita a pensar en el comienzo.

¿Comenzar de nuevo que significado tendrá desde la mirada escolar? En el capítulo anterior pensaba que deberíamos mirar, más allá de la calificación, a la evaluación. Este concepto claramente aparece en la línea general de la definición de la Resolución 363/20 del Consejo Federal de Educación que nos invita a tener en cuenta no sólo la revisión de normas que ya están escritas y que quizás miramos de costado, sino a mirar los instrumentos que componen nuestra tarea habitual, Curriculum, tiempos y espacio, trayectorias escolares, edades escolares, revisar las normas de evaluación y acreditación, etc; y en consecuencia qué seremos capaces de re- visar para re- encontrar ese cambio necesario y comenzar de nuevo.

¿Qué supone empezar de nuevo?, desechar lo hecho. No. Supone pensar qué cosas ya no nnecesitamos para pensar la Escuela hacia la que vamos. No debemos tener miedo de romper con ese anterior, sabiendo que debemos construir otra Escuela.

Debemos pensar y listar cuáles fueron nuestros errores para que no los volvamos a realizar. Esta estrategia nos permitirá pensar esa otra Escuela.

Ahora bien, hasta aquí pareciera, supongo, pensará quien me esté leyendo, ¿este hombre sabe en qué país vivimos? ¿en qué provincia? Claro que sí. Insisto que debemos hacer un corte a esta realidad, cerrar círculos en los cuales hemos dado vueltas, como dice Silvio Rodríguez en su canción, “partir de lo conocido hasta ahora y cambiar”, ya que necesariamente debemos tomar decisiones para el ahora que serán posiblemente para el después, ya que ese ahora nos hará dar cuenta, mientras transitamos la experiencia, que esa deberá ser la característica a la que debemos llegar en ese después. ¿Entonces volveremos para atrás?, o empezaremos a pensar todxs juntxs qué hace falta y qué es lo necesario para avanzar sin cambiar lo cambiado. Aquí, en ese instante nos daremos cuenta de que nosotrxs deberemos ser lxs artífices de nuestra realidad, apreciando el antes, el aquí y el ahora, pero sabiendo que estamos construyendo el futuro.

Antes de avanzar en cuestiones concretas, para que se entienda lo que quiero compartir, es necesario reconocer que la comodidad de la rutina y el proceso escolarizado el cual durante años nos formateó, en varios casos nos cambió, pero no todo, ni en todxs lo logró. Los problemas de fondo siguen igual, el abandono se da, el aburrimiento sigue, la falta de atención y de motivación sigue estando y así podría enumerar muchos elementos que vienen y venían siendo parte de la cotidianidad y que, por serlo inunda tanto que a veces terminamos no viendo ese problema, y seguimos mirando de costado a las normas, sobre todo a las que profundamente nos marcan la necesidad de cambiar.

“Vamos a andar, Vamos a andar, vamos a andar matando al egoísmo de manera que no haya soledad para llegar a la vida”, nos canta Silvio Rodríguez.

“Vamos a… portarnos mal”, dice otra canción. Todo se desordenó, tratando de salvar la vida, la vida que destruimos nosotros mismos con los des-conocimientos. Esto que nos ocurre nos des-ordenó y entonces el futuro, diremos nos-ordenó.

El tema será, qué nuevo orden seremos capaces de encontrar, esa nueva normalidad de la cual están hablando ahora las autoridades. Cómo construiremos esa nueva normalidad. Para pensar en ese análisis y mirando el todo, pienso que en este debate que se viene no puede dejar de estar la necesidad de ver hacia qué eje de definiciones avanzamos, si pensamos en “menos es más”, o, en “más es menos”. Rio Negro, en su corta historia demuestra claramente las relaciones que se desprenden del título inicial de este capítulo. Por ello en el inicio de este trabajo, ya publicado, expresaba “…deberemos pensar en un nuevo contrato social, que marque un nuevo mandato educativo”.

Este análisis nos permite recordar para conocer, no olvidar y mejorar todo en base a resultados, experiencias y avances.

Héctor Roncallo.
Ex secretario general de UnTER. Jubilado docente.

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Opinión

Lavarse las manos

Nota de opinión por Manuel García.

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No todos los efectos del COVID-19 serán tan malos. La pandemia desnudo la fragilidad, corrupción y deterioro del sistema político. Nos enseño que los políticos que hace 7 meses parecían buenos, era eso nada más… PARECÍAN.

Río Negro se destaca en el contexto nacional por estar en el podio de las peores provincias manejando la pandemia.

Desde la segunda quincena de enero, el gobierno nacional empezó a trabajar el tema pandemia con un comité de crisis, es de suponer que la provincia días más o días menos también tomó conocimiento de la existencia de una pandemia global, de la que no escaparíamos.

Es marzo, con el inicio de la cuarentena, empezaron las promesas de preparar el sistema de salud para la llegada del pico de la pandemia.

Pasaron 6 meses, llegó el pico de la pandemia y el sistema de salud está saturado, trayendo personal de afuera para ayudar, y pidiendo por favor que la gente se quede en la casa, porque el personal médico no da más y no hay camas disponibles.

En 6 meses se construyen con material tradicionales un ala nueva de UTI (unidad de terapia intensiva) en cualquiera de los hospitales principales de Río Negro, se podría haber ampliado la capacidad en 20-50 o más camas. 6 meses parece un tiempo racional para preparar a médicos en el arte de entubar, para capacitar enfermeros, camilleros, maestranza kinesiólogo y demás actores en las aéreas de una UTI.

A la vista de los informe de hoy en día, lo que se hizo fue escaso e ineficiente.

La gobernadora y su ministro de salud, compraron el versito de aplanar la curva, rubricaron la idea de que seriamos ejemplo mundial combatiendo (el capital ) el Covid.

El personal de salud, advirtió acerca de las carencias? Hubieron informes que se subestimaron? Porque después de 6 meses, recién ahora escuchamos de las faltantes.

Las últimas semanas se a visto la desaparición mediática de los ministros y en contraparte personal de salud a ganado presencia en los medios advirtiendo del casi colapso del sistema de salud y apelando a la población como único responsables de evitar esto.

Peligrosamente desde algunos sectores se está planteando que si salís, que si no te cuidas es como que no te importa el sistema de salud y su personal.

Las colapsadas ideas de nuestros gobernantes, están llevando a enfrentar una población cansada de 160 días de cuarentena contra el sistema de salud saturado por la falta de previsión del gobierno.

«Lavarse las manos» es una expresión que hace referencia al acto de desentenderse de las consecuencias de alguna acción, renunciando a ser cómplice de la misma

Lo único que descansa en esta provincia son las ideas de nuestros gobernantes.

Manuel García.

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Opinión

Reconocimiento del CIN a las y los trabajadores de la salud del país

Por el Consejo Interuniversitario Nacional.

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Las rectoras y rectores de las universidades públicas de la Argentina, reunidos en el 84º Plenario del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), sesionamos en modo telemático y rendimos un muy merecido homenaje a los y las trabajadoras de la salud en general y a los de los servicios sanitarios universitarios en particular, por la heroica e intensa lucha que sostienen contra la pandemia que sufre nuestro pueblo.

En una situación de incremento de contagios y escalada del impacto de la COVID-19, reconocemos que el recurso más crítico e indispensable es el factor humano integrado por los miles de trabajadores y trabajadoras de la salud que, en la primera línea de batalla y exigidos aún más allá inclusive de lo razonable, ya han impedido un número invalorable de pérdidas de vidas y han recuperado a un sinnúmero de enfermos.

Merecedores y merecedoras de un aplauso y agradecimiento diario por su labor, muchas veces, también, han sufrido amenazas injustificables y actos repudiables de discriminación en el transporte público o en sus áreas de residencia. Ponen en riesgo su salud una y otra vez, en cada minuto de su labor, así como la de sus propias familias.

Trabajan muchas veces sin contar con todos los elementos de protección individual indispensables, frecuentemente en jornadas que se extienden más allá de lo aconsejable, y aun así siguen adelante. Ganan y pierden batallas cada día con todas las tensiones y la carga emocional que ello implica. Y, como ellos mismos lo han expresado en estos días, “los recursos para salvar a pacientes de coronavirus se están agotando”.

Buena parte de estas y estos trabajadores, profesionales y técnicos son graduados y graduadas de nuestras universidades. Y toda la comunidad universitaria siente un gran orgullo por la capacidad que los y las colegas demuestran en su incansable lucha cotidiana para salvar vidas. Para ellos y ellas todo nuestro afecto y reconocimiento.

El aislamiento y el distanciamiento social, el uso de tapabocas y la higiene son, hoy por hoy, las únicas medidas ampliamente aceptadas en todo el mundo para hacer frente a la pandemia. Uno de los principales objetivos de estas medidas es impedir que se colapsen los servicios de salud para que todas aquellas personas que lo requieran puedan ser atendidas adecuadamente. Sin embargo, los niveles de ocupación de guardias y unidades de terapia intensivas en nuestra Patria indican que aún es necesario un mayor esfuerzo en el cumplimiento de estas medidas. Se trata de cuidarnos y cuidar al otro.

No podemos permitir que los y las trabajadoras de la salud se sientan solos, agobiados, y agotados. Tenemos que expresarles nuestro reconocimiento, acompañamiento y solidaridad, no solo en ese aplauso que diariamente merecen sino también a través de comportamientos sociales adecuados.

De ningún modo es aceptable que cuando estos y estas trabajadoras salen de sus instituciones a tomar un breve y merecido descanso observen y sientan que a su alrededor la sociedad sigue con sus actividades, insensible a lo que ocurre con miles de argentinos dentro de esas unidades hospitalarias. De este modo, solo incrementamos su sensación de soledad y agobio y, en síntesis, desesperanza.

Por eso convocamos a nuestra comunidad universitaria en primer lugar y, en general, a toda la sociedad a comprender que cualquier actividad que realicemos y que no sea esencial o estrictamente imprescindible debe ser evitada y postergada ya que está suficientemente demostrado que, inexorablemente, provocará mayores contagios y un número más alto de pacientes hospitalizados y fallecidos.

Estos trabajadores y trabajadoras nos piden que no desafiemos al virus porque ponemos en riesgo nuestras vidas, las de muchos compatriotas y, desde ya, las del personal de salud que acudirá a salvarlas heroicamente.

Las rectoras y los rectores de las instituciones universitarias públicas de la Argentina, desde todos los rincones de la Patria, les decimos a todos y todas las trabajadoras de la salud una y mil veces: no están solos.

¡GRACIAS POR CUIDARNOS!

84º Plenario del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN)

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Opinión

El rol docente en la “nueva normalidad”

Nota de opinión por Brian Richmond, docente e investigador.

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Si hace 10 años, cuando yo era estudiante, me hubieran dicho que tendríamos una clase virtual no me lo habría creído. Me habría sonado muy futurista. Y sin embargo el futuro se precipitó y hoy estoy aquí, como docente, preparando mis clases virtuales.

Lo hago en la misma computadora que me regaló mi abuela en esa época, cuando ponía mis trabajos de la facultad en un pen drive y me iba al cyber a imprimirlos. Recuerdo que les pedíamos a lxs profes si no se lo podíamos mandar por mail; lo que nos resultaba más sencillo, más barato y más ecológico. Pero desde su concepción presentar un trabajo en otro formato que no sea papel no era presentarlo, como si la materialidad fuera la prueba irrefutable de toda existencia legítima.

Ahora el papel ya no solo nos resulta innecesario, molesto, precario, arcaico sino también riesgoso; como todo lo que transcurre de mano en mano. Pasamos de la idea de que lo que no se puede tocar no existe a la sospecha de que lo que se toca es una amenaza a la existencia.

La pandemia no inauguró la virtualidad, pero la volvió repentinamente obligatoria. Un proceso que debía ser paulatino y combinado se transformó en abrupto y exclusivo, y por lo tanto excluyente. Si el plan Conectar Igualdad no se hubiera interrumpido y durante estos últimos cinco años se hubiera ampliado y complementado con el tendido de fibra óptica, la situación probablemente sería otra. Prueba de ello es que la única conexión que tienen millones de hogares con el actual sistema educativo es gracias a una de esas computadoras.

Pero el neoliberalismo pasó y la distancia entre derechos formales y derechos efectivos, que en nuestro país nunca fue tan amplia en la educación como en otras áreas, se transformó ahora en un abismo digital. Y en el medio de ese abismo estamos lxs docentes tratando de tender puentes improbables: entre la institución y lxs estudiantes, entre el Estado y la Sociedad, entre la virtualidad y la materialidad.

Se supone que lxs trabajadores de la educación, como nexos generacionales, somos los encargados de lograr que los cambios estructurales de nuestra sociedad resulten menos traumáticos de lo que serían sin una intervención pedagógica. Tratamos de mediar entre el pasado y el presente para darles cierta continuidad y coherencia, y poder así construir futuro. Por lo tanto, estamos acostumbrados a lidiar con lo nuevo, lo que irrumpe, lo que disloca, lo que incomoda; y a conectarlo con nuestra historia, con nuestras tradiciones e identidades. Sin embargo, jamás habíamos asistido a una ruptura tan grande con nuestro pasado inmediato, y es probable que este abismo nos quede grande.

Asistimos a un contexto precario que precariza aún más nuestra labor y al mismo tiempo nos exige ingenio. Debemos reinventarnos, capacitarnos, replantearnos, equiparnos. Debemos llegar a todxs, sostener a todxs, contemplar a todxs. Debemos evaluarlxs pero sin evaluarlxs, tomarles examen pero sin examinarlxs, asegurar su asistencia sin asistencias. Qué ironía: ahora que por fin logramos prescindir de la armadura burocrática escolar nos sentimos vulnerables sin ella.

Pero por si esto fuera poco debemos elaborar un discurso coherente que le dé sentido a todo estecaos y convenza a lxs estudiantes de que se trata simplemente de una “nueva normalidad”. No hay contrasentido mayor que hablar de nueva normalidad, que es además un eufemismo, como todo oxímoron. Lo normal es lo que se presenta a la percepción como algo estático, asincrónico, inmutable; justamente por eso es “normal”. Lo nuevo irrumpe, interpela, desconcierta; justamente por eso no es “normal”. Pero se supone que es nuestra tarea docente normalizar lo insólito, intentando re-naturalizar una realidad social que se desmoronó. Llegamos siempre tarde, pues todavía estábamos tratando de lidiar en el aula con la modernidad líquida cuando esta se evaporó.

Probablemente el cambio más drástico que efectuó la pandemia en nuestro trabajo tuvo lugar en la dimensión del tiempo; ese gran invento moderno que lo regulaba, lo medía, lo cuantificaba, pero sobre todo lo limitaba. Ahora ya no sabemos cuándo estamos trabajando, cuándo nos estamos capacitando, cuándo nos estamos distrayendo y cuándo estamos descansando; puesto que todo eso ocurre en el mismo lugar: nuestra casa. Ya dijo Einstein que la percepción del tiempo es relativa al espacio. Sin las paredes escolares, ¿cómo voy a sentir yo que salgo del trabajo?

¿Cuándo llego finalmente a mi casa? ¡Si siempre estoy en ella! Otra gran ironía: ahora que ya no suena el timbre lo extrañamos, como el perro de Pavlov.

Quizás lo que más nos cueste aceptar es el cambio en la percepción del tiempo de nuestro propio
ser biológico, si es que existe tal cosa. Sentimos que la virtualidad nos avejenta antes de tiempo.

Nos hace más encorvados, más chicatos, más sedentarios, más desactualizados; hasta quizás también más nostálgicos, como si habríamos sido expulsados de un Edén de tiza del que siempre renegamos.

Y así estamos, aprendiendo a vivir en la incertidumbre, tal como nos había pedido el actual senador de cartón Bullrrich, cuando dirigía un Ministerio de Educación también de cartón. Ya pasaron cinco meses de excepción e inevitablemente nos acostumbramos a lo excepcional. Ya dijo Borges que por más extraña que parezca finalmente terminamos aceptando la realidad, acaso porque intuimos que nada es real.

A lo que nunca deberíamos acostumbrarnos es a la injusticia y la desigualdad que estructuran esa realidad. Por eso si ahora que el rey está desnudo nuestra tarea en la nueva normalidad consiste en distraer la atención del público mientras se le buscan nuevos disfraces, entonces nuestro rol docente es tan patético como el de un bufón.

La virtualidad en educación necesariamente profundiza las desigualdades porque las computadoras, los teléfonos y los gigas de internet no se encuentran tan bien distribuidos como los cuerpos. No era el guardapolvo blanco el que ocultaba las diferencias sociales sino el carácter democrático de los cuerpos en el aula, ya que nuestrxs estudiantes solo podían traer uno por persona. Además el pibe que iba a la escuela con hambre podía visibilizar su situación, interrumpiendo la normalidad institucional hasta tanto no se le consiga un plato de comida. El teatro de la realidad escolar se convertía así en un escándalo. Pero la virtualidad hace más difícil esa irrupción, sobre todo si ese pibe ni siquiera está conectado, y su existencia se desvanece. No podemos aceptar eso como nueva normalidad, porque no es más que la vieja adaptada, o sea, empeorada.

Por eso además de todos los desafíos que los docentes tenemos que enfrentar en pandemia, debemos hacerlo cargando con la culpa que trae la sospecha de que no es suficiente, de no estar pudiendo llegar a todxs. Y por eso también el magisterio se está arremangando, armando bolsones de comida y repartiendo junto con los cuadernillos, recolectando dispositivos de conexión y distribuyendo. La solidaridad es la clave en este contexto, pero incorporar esas tareas a la ya sobrecargada rutina docente supone también el riesgo de normalizarlas y delegarlas como nuestra responsabilidad.

Por eso creo que nuestra principal tarea docente en estos momentos, y que debe acompañar a todas las que ya nombré, es atentar contra la normalidad. Impedir que se re-naturalicen las desigualdades, que se rutinicen las exclusiones, que se romanticen las carencias. Impedir, en definitiva, que todo vuelva a la normalidad. Porque la normalidad era el problema.

Si la pandemia dejó al descubierto que los trabajadores esenciales son los peores pagos, que esta economía se paraliza si consumimos solo lo necesario, que la naturaleza agradece nuestro confinamiento, que miles de mujeres tienen a su agresor en casa, que la salud no puede estar mercantilizada, que el cuidado es un bien necesariamente social, y que la educación pública es probablemente la única mano que le tiende esta sociedad a lxs excluidxs; ¿Entonces no será que lo normal era una estafa?

Dejemos entonces que esta anormalidad nos interpele y pongamos nuestras clases a disposición de esa interpelación. Que nuestros estudiantes puedan dar sentido a sus desconciertos y angustias, un sentido que no los vuelva culpables de su situación ni los invite a aceptarla con resignación. Tirar juntxs de la punta del ovillo de la normalidad para que descubramos los hilos perversos que tejen la realidad social. Discutir la pobreza, discutir la riqueza, discutir la desigualdad, discutir el neoliberalismo. Discutir la realidad. Al fin y al cabo, ¿De qué otra manera podríamos tolerarla? ¿De qué otra manera podríamos enseñarla?

Brian Richmond
Docente e investigador

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