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Opinión

Liderazgo

Nota de opinión por Roberto Zgaib.

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Se imaginan a Winston Churchill en la Segunda Guerra Mundial diciendo “y vamos perdiendo porque los soldados no saben pelear”, sin embargo, Churchill fue un auténtico líder, que, a pesar de la adversidad, mantuvo a su pueblo unido y motivado frente al escenario que no era el mejor, el resultado lo sabemos, ese líder permitió dar vuelta la guerra para los ingleses.

Que sucede en Argentina con nuestros líderes frente a esta desgracia sanitaria que hoy padecemos, una guerra que exigía a nuestros líderes estar con sus equipos de trabajo en la calle junto a la gente, digo líderes porque la prensa los ubica de esa forma frente a la opinión pública, para mi no lo son, su comportamiento los ubica en el lugar opuesto.

Lejos de comportarse como auténticos líderes, María Emilia Soria y Arabela Carreras, en lugar de buscar soluciones en conjunto y liderar el trabajo en la calle con sus funcionarios, optaron por el encierro y culpar a la gente echándose culpas entre ellas.

La falta de liderazgo está llevando a la anarquía, hoy leo que en un barrio de Roca un vecino denunció una fiesta clandestina, la Policía nunca llegó y la fiesta siguió, el fin de semana vimos como cientos de vecinos iban a las bardas y el Municipio nunca hizo nada, ahora son los mismos vecinos quienes advirtieron públicamente que no van a permitir que la gente se junte en el rio, en otro barrio de Roca 20 personas jugaron al futbol sin ninguna protección, el Municipio tampoco hizo nada.

Si queremos salir airosos y con menos muertes, de esta guerra, necesitamos que se comporten como líderes frente a la compleja situación sanitaria que tenemos, y dejen las diferencias de lado, para trabajar codo a codo con sus equipos y la gente; gestionando esta guerra desde sus oficinas echándole solo la culpa a la gente, va a sembrar anarquía y más muertes.

Roberto Zgaib
DNI 21.108.671

Opinión

Lavarse las manos

Nota de opinión por Manuel García.

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No todos los efectos del COVID-19 serán tan malos. La pandemia desnudo la fragilidad, corrupción y deterioro del sistema político. Nos enseño que los políticos que hace 7 meses parecían buenos, era eso nada más… PARECÍAN.

Río Negro se destaca en el contexto nacional por estar en el podio de las peores provincias manejando la pandemia.

Desde la segunda quincena de enero, el gobierno nacional empezó a trabajar el tema pandemia con un comité de crisis, es de suponer que la provincia días más o días menos también tomó conocimiento de la existencia de una pandemia global, de la que no escaparíamos.

Es marzo, con el inicio de la cuarentena, empezaron las promesas de preparar el sistema de salud para la llegada del pico de la pandemia.

Pasaron 6 meses, llegó el pico de la pandemia y el sistema de salud está saturado, trayendo personal de afuera para ayudar, y pidiendo por favor que la gente se quede en la casa, porque el personal médico no da más y no hay camas disponibles.

En 6 meses se construyen con material tradicionales un ala nueva de UTI (unidad de terapia intensiva) en cualquiera de los hospitales principales de Río Negro, se podría haber ampliado la capacidad en 20-50 o más camas. 6 meses parece un tiempo racional para preparar a médicos en el arte de entubar, para capacitar enfermeros, camilleros, maestranza kinesiólogo y demás actores en las aéreas de una UTI.

A la vista de los informe de hoy en día, lo que se hizo fue escaso e ineficiente.

La gobernadora y su ministro de salud, compraron el versito de aplanar la curva, rubricaron la idea de que seriamos ejemplo mundial combatiendo (el capital ) el Covid.

El personal de salud, advirtió acerca de las carencias? Hubieron informes que se subestimaron? Porque después de 6 meses, recién ahora escuchamos de las faltantes.

Las últimas semanas se a visto la desaparición mediática de los ministros y en contraparte personal de salud a ganado presencia en los medios advirtiendo del casi colapso del sistema de salud y apelando a la población como único responsables de evitar esto.

Peligrosamente desde algunos sectores se está planteando que si salís, que si no te cuidas es como que no te importa el sistema de salud y su personal.

Las colapsadas ideas de nuestros gobernantes, están llevando a enfrentar una población cansada de 160 días de cuarentena contra el sistema de salud saturado por la falta de previsión del gobierno.

«Lavarse las manos» es una expresión que hace referencia al acto de desentenderse de las consecuencias de alguna acción, renunciando a ser cómplice de la misma

Lo único que descansa en esta provincia son las ideas de nuestros gobernantes.

Manuel García.

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Opinión

Reconocimiento del CIN a las y los trabajadores de la salud del país

Por el Consejo Interuniversitario Nacional.

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Las rectoras y rectores de las universidades públicas de la Argentina, reunidos en el 84º Plenario del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), sesionamos en modo telemático y rendimos un muy merecido homenaje a los y las trabajadoras de la salud en general y a los de los servicios sanitarios universitarios en particular, por la heroica e intensa lucha que sostienen contra la pandemia que sufre nuestro pueblo.

En una situación de incremento de contagios y escalada del impacto de la COVID-19, reconocemos que el recurso más crítico e indispensable es el factor humano integrado por los miles de trabajadores y trabajadoras de la salud que, en la primera línea de batalla y exigidos aún más allá inclusive de lo razonable, ya han impedido un número invalorable de pérdidas de vidas y han recuperado a un sinnúmero de enfermos.

Merecedores y merecedoras de un aplauso y agradecimiento diario por su labor, muchas veces, también, han sufrido amenazas injustificables y actos repudiables de discriminación en el transporte público o en sus áreas de residencia. Ponen en riesgo su salud una y otra vez, en cada minuto de su labor, así como la de sus propias familias.

Trabajan muchas veces sin contar con todos los elementos de protección individual indispensables, frecuentemente en jornadas que se extienden más allá de lo aconsejable, y aun así siguen adelante. Ganan y pierden batallas cada día con todas las tensiones y la carga emocional que ello implica. Y, como ellos mismos lo han expresado en estos días, “los recursos para salvar a pacientes de coronavirus se están agotando”.

Buena parte de estas y estos trabajadores, profesionales y técnicos son graduados y graduadas de nuestras universidades. Y toda la comunidad universitaria siente un gran orgullo por la capacidad que los y las colegas demuestran en su incansable lucha cotidiana para salvar vidas. Para ellos y ellas todo nuestro afecto y reconocimiento.

El aislamiento y el distanciamiento social, el uso de tapabocas y la higiene son, hoy por hoy, las únicas medidas ampliamente aceptadas en todo el mundo para hacer frente a la pandemia. Uno de los principales objetivos de estas medidas es impedir que se colapsen los servicios de salud para que todas aquellas personas que lo requieran puedan ser atendidas adecuadamente. Sin embargo, los niveles de ocupación de guardias y unidades de terapia intensivas en nuestra Patria indican que aún es necesario un mayor esfuerzo en el cumplimiento de estas medidas. Se trata de cuidarnos y cuidar al otro.

No podemos permitir que los y las trabajadoras de la salud se sientan solos, agobiados, y agotados. Tenemos que expresarles nuestro reconocimiento, acompañamiento y solidaridad, no solo en ese aplauso que diariamente merecen sino también a través de comportamientos sociales adecuados.

De ningún modo es aceptable que cuando estos y estas trabajadoras salen de sus instituciones a tomar un breve y merecido descanso observen y sientan que a su alrededor la sociedad sigue con sus actividades, insensible a lo que ocurre con miles de argentinos dentro de esas unidades hospitalarias. De este modo, solo incrementamos su sensación de soledad y agobio y, en síntesis, desesperanza.

Por eso convocamos a nuestra comunidad universitaria en primer lugar y, en general, a toda la sociedad a comprender que cualquier actividad que realicemos y que no sea esencial o estrictamente imprescindible debe ser evitada y postergada ya que está suficientemente demostrado que, inexorablemente, provocará mayores contagios y un número más alto de pacientes hospitalizados y fallecidos.

Estos trabajadores y trabajadoras nos piden que no desafiemos al virus porque ponemos en riesgo nuestras vidas, las de muchos compatriotas y, desde ya, las del personal de salud que acudirá a salvarlas heroicamente.

Las rectoras y los rectores de las instituciones universitarias públicas de la Argentina, desde todos los rincones de la Patria, les decimos a todos y todas las trabajadoras de la salud una y mil veces: no están solos.

¡GRACIAS POR CUIDARNOS!

84º Plenario del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN)

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Opinión

El rol docente en la “nueva normalidad”

Nota de opinión por Brian Richmond, docente e investigador.

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Si hace 10 años, cuando yo era estudiante, me hubieran dicho que tendríamos una clase virtual no me lo habría creído. Me habría sonado muy futurista. Y sin embargo el futuro se precipitó y hoy estoy aquí, como docente, preparando mis clases virtuales.

Lo hago en la misma computadora que me regaló mi abuela en esa época, cuando ponía mis trabajos de la facultad en un pen drive y me iba al cyber a imprimirlos. Recuerdo que les pedíamos a lxs profes si no se lo podíamos mandar por mail; lo que nos resultaba más sencillo, más barato y más ecológico. Pero desde su concepción presentar un trabajo en otro formato que no sea papel no era presentarlo, como si la materialidad fuera la prueba irrefutable de toda existencia legítima.

Ahora el papel ya no solo nos resulta innecesario, molesto, precario, arcaico sino también riesgoso; como todo lo que transcurre de mano en mano. Pasamos de la idea de que lo que no se puede tocar no existe a la sospecha de que lo que se toca es una amenaza a la existencia.

La pandemia no inauguró la virtualidad, pero la volvió repentinamente obligatoria. Un proceso que debía ser paulatino y combinado se transformó en abrupto y exclusivo, y por lo tanto excluyente. Si el plan Conectar Igualdad no se hubiera interrumpido y durante estos últimos cinco años se hubiera ampliado y complementado con el tendido de fibra óptica, la situación probablemente sería otra. Prueba de ello es que la única conexión que tienen millones de hogares con el actual sistema educativo es gracias a una de esas computadoras.

Pero el neoliberalismo pasó y la distancia entre derechos formales y derechos efectivos, que en nuestro país nunca fue tan amplia en la educación como en otras áreas, se transformó ahora en un abismo digital. Y en el medio de ese abismo estamos lxs docentes tratando de tender puentes improbables: entre la institución y lxs estudiantes, entre el Estado y la Sociedad, entre la virtualidad y la materialidad.

Se supone que lxs trabajadores de la educación, como nexos generacionales, somos los encargados de lograr que los cambios estructurales de nuestra sociedad resulten menos traumáticos de lo que serían sin una intervención pedagógica. Tratamos de mediar entre el pasado y el presente para darles cierta continuidad y coherencia, y poder así construir futuro. Por lo tanto, estamos acostumbrados a lidiar con lo nuevo, lo que irrumpe, lo que disloca, lo que incomoda; y a conectarlo con nuestra historia, con nuestras tradiciones e identidades. Sin embargo, jamás habíamos asistido a una ruptura tan grande con nuestro pasado inmediato, y es probable que este abismo nos quede grande.

Asistimos a un contexto precario que precariza aún más nuestra labor y al mismo tiempo nos exige ingenio. Debemos reinventarnos, capacitarnos, replantearnos, equiparnos. Debemos llegar a todxs, sostener a todxs, contemplar a todxs. Debemos evaluarlxs pero sin evaluarlxs, tomarles examen pero sin examinarlxs, asegurar su asistencia sin asistencias. Qué ironía: ahora que por fin logramos prescindir de la armadura burocrática escolar nos sentimos vulnerables sin ella.

Pero por si esto fuera poco debemos elaborar un discurso coherente que le dé sentido a todo estecaos y convenza a lxs estudiantes de que se trata simplemente de una “nueva normalidad”. No hay contrasentido mayor que hablar de nueva normalidad, que es además un eufemismo, como todo oxímoron. Lo normal es lo que se presenta a la percepción como algo estático, asincrónico, inmutable; justamente por eso es “normal”. Lo nuevo irrumpe, interpela, desconcierta; justamente por eso no es “normal”. Pero se supone que es nuestra tarea docente normalizar lo insólito, intentando re-naturalizar una realidad social que se desmoronó. Llegamos siempre tarde, pues todavía estábamos tratando de lidiar en el aula con la modernidad líquida cuando esta se evaporó.

Probablemente el cambio más drástico que efectuó la pandemia en nuestro trabajo tuvo lugar en la dimensión del tiempo; ese gran invento moderno que lo regulaba, lo medía, lo cuantificaba, pero sobre todo lo limitaba. Ahora ya no sabemos cuándo estamos trabajando, cuándo nos estamos capacitando, cuándo nos estamos distrayendo y cuándo estamos descansando; puesto que todo eso ocurre en el mismo lugar: nuestra casa. Ya dijo Einstein que la percepción del tiempo es relativa al espacio. Sin las paredes escolares, ¿cómo voy a sentir yo que salgo del trabajo?

¿Cuándo llego finalmente a mi casa? ¡Si siempre estoy en ella! Otra gran ironía: ahora que ya no suena el timbre lo extrañamos, como el perro de Pavlov.

Quizás lo que más nos cueste aceptar es el cambio en la percepción del tiempo de nuestro propio
ser biológico, si es que existe tal cosa. Sentimos que la virtualidad nos avejenta antes de tiempo.

Nos hace más encorvados, más chicatos, más sedentarios, más desactualizados; hasta quizás también más nostálgicos, como si habríamos sido expulsados de un Edén de tiza del que siempre renegamos.

Y así estamos, aprendiendo a vivir en la incertidumbre, tal como nos había pedido el actual senador de cartón Bullrrich, cuando dirigía un Ministerio de Educación también de cartón. Ya pasaron cinco meses de excepción e inevitablemente nos acostumbramos a lo excepcional. Ya dijo Borges que por más extraña que parezca finalmente terminamos aceptando la realidad, acaso porque intuimos que nada es real.

A lo que nunca deberíamos acostumbrarnos es a la injusticia y la desigualdad que estructuran esa realidad. Por eso si ahora que el rey está desnudo nuestra tarea en la nueva normalidad consiste en distraer la atención del público mientras se le buscan nuevos disfraces, entonces nuestro rol docente es tan patético como el de un bufón.

La virtualidad en educación necesariamente profundiza las desigualdades porque las computadoras, los teléfonos y los gigas de internet no se encuentran tan bien distribuidos como los cuerpos. No era el guardapolvo blanco el que ocultaba las diferencias sociales sino el carácter democrático de los cuerpos en el aula, ya que nuestrxs estudiantes solo podían traer uno por persona. Además el pibe que iba a la escuela con hambre podía visibilizar su situación, interrumpiendo la normalidad institucional hasta tanto no se le consiga un plato de comida. El teatro de la realidad escolar se convertía así en un escándalo. Pero la virtualidad hace más difícil esa irrupción, sobre todo si ese pibe ni siquiera está conectado, y su existencia se desvanece. No podemos aceptar eso como nueva normalidad, porque no es más que la vieja adaptada, o sea, empeorada.

Por eso además de todos los desafíos que los docentes tenemos que enfrentar en pandemia, debemos hacerlo cargando con la culpa que trae la sospecha de que no es suficiente, de no estar pudiendo llegar a todxs. Y por eso también el magisterio se está arremangando, armando bolsones de comida y repartiendo junto con los cuadernillos, recolectando dispositivos de conexión y distribuyendo. La solidaridad es la clave en este contexto, pero incorporar esas tareas a la ya sobrecargada rutina docente supone también el riesgo de normalizarlas y delegarlas como nuestra responsabilidad.

Por eso creo que nuestra principal tarea docente en estos momentos, y que debe acompañar a todas las que ya nombré, es atentar contra la normalidad. Impedir que se re-naturalicen las desigualdades, que se rutinicen las exclusiones, que se romanticen las carencias. Impedir, en definitiva, que todo vuelva a la normalidad. Porque la normalidad era el problema.

Si la pandemia dejó al descubierto que los trabajadores esenciales son los peores pagos, que esta economía se paraliza si consumimos solo lo necesario, que la naturaleza agradece nuestro confinamiento, que miles de mujeres tienen a su agresor en casa, que la salud no puede estar mercantilizada, que el cuidado es un bien necesariamente social, y que la educación pública es probablemente la única mano que le tiende esta sociedad a lxs excluidxs; ¿Entonces no será que lo normal era una estafa?

Dejemos entonces que esta anormalidad nos interpele y pongamos nuestras clases a disposición de esa interpelación. Que nuestros estudiantes puedan dar sentido a sus desconciertos y angustias, un sentido que no los vuelva culpables de su situación ni los invite a aceptarla con resignación. Tirar juntxs de la punta del ovillo de la normalidad para que descubramos los hilos perversos que tejen la realidad social. Discutir la pobreza, discutir la riqueza, discutir la desigualdad, discutir el neoliberalismo. Discutir la realidad. Al fin y al cabo, ¿De qué otra manera podríamos tolerarla? ¿De qué otra manera podríamos enseñarla?

Brian Richmond
Docente e investigador

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